domingo, 25 de abril de 2010

Lectura para empezar bien la semana...


LITERATURA

Debajo de la ciudad existe un tiempo que no es el tiempo, sino la espuma de la baba del tiempo; el sucedáneo oscuro del tiempo que rezuma por las alcantarillas de los túneles negros.

La mujer que acaba de leer el párrafo anterior viaja en un vagón de metro. Sólo cuando el ruido de los raíles resuena en una bóveda más amplia, levanta la cabeza, repara en el nombre de la estación y vuelve al libro. En uno de esos intervalos advierte que un hombre con gafas se ha sentado en el asiento de enfrente. Continúa leyendo.

Unas líneas después la mujer alza la mirada. En este caso el vagón está en un tramo intermedio, y ella no intenta descifrar por las ventanillas el nombre de ninguna estación, sino que mira fijamente al hombre con gafas. De línea en línea levanta la cabeza para es- cudriñar al hombre con gafas. Al final del párrafo tiene que decirlo.

-Oiga, usted está en este libro- el hombre la observa como si no la entendiera-. Mire, léalo usted, aquí- la mujer tiende el libro mientras señala con el dedo un lugar intermedio del texto-. Ve, la misma camisa, el mismo pelo, las mismas gafas, están todos los detalles. Estoy segura. Usted es la persona que está descrita en esta página.

-Bueno- contesta por fin el hombre-, ¿qué quiere que haga? Si lo que desea es verme sin gafas...

Con aire cansado se quita las gafas y se frota las sienes. La mujer parece tranquilizarse. Retoma la lectura.

-No puede ser, no puede ser- dice un párrafo más tarde. El hombre sonríe educado. -¿Qué ocurre ahora? -Que se ha quitado las gafas, por Dios, lea, se ha quitado las gafas y ha hecho el mismo gesto que usted.

Los viajeros que rodean al hombre y a la mujer se muestran interesados en el diálogo. Uno de ellos dobla sobre las rodillas el periódico e interviene.

-Pues léanos, léanos. Veamos qué es lo que va a pasar a continuación.

La mujer sigue leyendo. Pronto vuelve a levantar la cabeza.

-Esta frase está aquí- contesta al hombre del periódico señalando una línea con el dedo- Aquí lo pone.

El hombre del periódico coge el libro de manos de la mujer y lee. El resto de pasajeros del vagón comienza a apiñarse alrededor de los asientos más cercanos al libro.

-No puede ser, nos está tomando el pelo- dice una señora con sombrero violeta que viaja junto al hombre del periódico.

-Mire, señora- replica el del periódico esquivando el sombrero-. No sólo está mi frase, sino la suya también, incluso el color del sombrero, aquí, violeta.

-Venga, ya- dice la señora del sombrero. -Eh, eh, aquí salgo yo. -Déjenme ver, déjenme buscarme- reclama otro. Ya todos están de pie. Varias manos tiran del libro que se desencuaderna y vuela hecho pedazos. Los viajeros se señalan los unos a los otros.

-Éste es usted, fíjese, no hay duda. -A ver, a ver. -Eso que ha dicho lo pone aquí, justo aquí, es increíble. El único que no se mueve de su asiento es el hombre de las gafas. Cuando el metro se detiene, se levanta en silencio. La dueña del libro advierte que sólo él baja del vagón. Además, en el andén no hay ningún letrero con el nombre de la estación.

-Oiga, oiga- dice la mujer al cerrarse las puertas. El hombre la observa sonriente. La mujer se vuelve hacia el resto de los viajeros. -Él es el que lo ha escrito, estoy segura, el de las gafas, el que se marcha. Los demás corren hacia las ventanillas. Súbitamente, comprenden. -Sáquenos de aquí, sáquenos de aquí. -Hágame amar a otro, se lo ruego, hágame amar a otro.

(De Ciclos, F.M.)

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